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miércoles, 27 de agosto de 2008

INDEFENSOS


Parece inevitable que de forma periódica, pero brutalmente inesperada, las tragedias colectivas se sucedan sacudiéndonos violentamente, con crueldad y fría indiferencia. Esta vez les ha tocado esa siniestra ruleta a los pasajeros del vuelo Madrid Las Palmas del pasado 20 de agosto, pero si echamos la vista atrás la lista sería interminable, y hemos tenido por desgracia varios ejemplos recientes en Palencia.

Sin ánimo de sentar cátedra, que no soy quien, creo que una aproximación a estas lamentables situaciones nos permitiría distinguir, como en el ius civile romano, el caso fortuito de la fuerza mayor. Y, desde otro punto de vista, se puede distinguir también aquellas situaciones que son consecuencia, directa o indirecta, de la acción u omisión del hombre, de las ocasionadas por causas ajenas a su voluntad o diligencia, es decir de las debidas a lo que se conoce genéricamente como las fuerzas de la naturaleza.

Resulta tan obvio como tristemente inevitable afirmar que los seres humanos nos encontramos totalmente indefensos frente las fuerzas de la naturaleza, en particular si las mismas constituyen supuestos de fuerza mayor, es decir aquellos eventos totalmente irresistibles, con independencia de que pudieran preverse o no. Poco o nada se puede hacer, por muy reyes de la creación que nos pensemos, para detener un huracán, un tsunami, la erupción de un volcán o, en otra escala, una tormenta de pedrisco que arrasa una cosecha. Aunque una previsión prudente y adecuada de los mismos puede, obviamente, atenuar sus efectos, de la misma forma que los errores humanos antes, durante y después de los mismos pueden incrementarlos.

En ambos casos, fuerza mayor pura y mixta, en la que repercute indirectamente la acción del hombre, los seres humanos nos encontramos indefensos, no solo porque nuestra capacidad de reacción es limitada, sino porque, en un sentido jurídico, carecemos a posteriori de un título o derecho que nos legitime para reclamar frente a un, en principio, inexistente responsable. Esto es incontestable en el supuesto de la fuerza mayor pura, de manera que las ayudas que se reciben de los poderes públicos y de las donaciones particulares no pueden exigirse previamente, al menos legalmente, siendo necesario acreditar la existencia de los errores humanos aludidos en la fuerza mayor mixta para poder hacerlo.

Pero cuando nos encontramos en supuestos de caso fortuito, que sucede inopinada o casualmente, ya sea una vez más puro, es decir inevitable una vez imprevisto, o mixto, es decir previsible y evitable, es indignante que, desde el punto de vista jurídico, estemos casi igual de indefensos que en los supuestos de fuerza mayor.

Porque cuando sucede un accidente (suceso eventual o acción de que involuntariamente resulta daño para las personas o las cosas, entendiendo algo eventual como imprevisto, o que puede acaecer), todos damos por supuesto que llegado el momento solamente habrá quien responda tras una larga, compleja y oscura investigación, a menudo impulsada finalmente por asociaciones de afectados que deben sacrificar su tiempo y recursos para obtener justicia. Y eso es lo indignante, pues la responsabilidad de asumir las consecuencias de un mal funcionamiento de un servicio o suministro (metro, tren, avión, gas, agua, electricidad, …) debería ser asumida directamente, por imperativo legal, por la empresa o entidad que presta uno u otro. Sin perjuicio de su derecho a repetir, es decir reclamar a su vez, frente a otros responsables del daño, una vez determinadas claramente las causas.

En resumen, bastante dolor y frustración soportan las víctimas y familiares de una tragedia, como para encima verse obligadas a pleitear interminablemente para recibir una mínima compensación por sus pérdidas. Y es necesario un sistema legal más efectivo y automático para la reparación de las mismas en estos casos. Porque mal está seguir indefensos frente a las inhumanas fuerzas de la naturaleza, pero seguir estándolo frente a las más inhumanas del mercado económico es inaceptable, en pleno siglo XXI.

lunes, 11 de agosto de 2008

UNA TARDE DE AGOSTO EN CASTILLA LA VIEJA

Silencio, suave brisa y sol. Cobijados tras las tapias del patio de una casa de pueblo. A la sombra de la higuera, del membrillo, del pino, de la encina, del olivo, del pruno, del nogal o del manzano. La perra sestea bajo la cornisa del tejado, junto a la puerta de la casa. Reserva sus fuerzas para sus nocturnas correrías tras los pájaros y ratones. No quiere agotarse antes de tiempo, el sol es fuego y el calor deja la sangre amodorrada, densa y pesada.

Una piscina hinchable, llena de agua del pozo recalentada, hace las veces de pilón. Los niños saltan y chapotean en su interior, y se refrescan llenando los cubos de playa para echarse el agua por la cabeza después. Entretanto, los adultos dormitan en el interior de la casa, aprovechando el frescor de la penumbra de los anchos muros de adobe, o charlan plácidamente recostados a la sombra del jardín, en hamacas de aluminio y tela estampada.

Avanza la tarde y meriendan los niños, hogaza de pan y finas lonchas de chorizo de Cantimpalo, peruchos y yogurt. El pulso va retornando, la vida se despereza con un vespertino reinicio. Risas, juegos, carreras, bicicletas y pelotas. Al rato, todos a arreglarse. Ropa limpia, agua y jabón, colonia fresca a granel. Apenas cinco minutos de coche separan la veintena de casas aisladas en un alto que no llega a ser otero, sino leve risco del páramo, del pueblo mayor que da nombre al término municipal.

Tráfico denso en la carretera flanqueada por altos y frondosos chopos. A mano izquierda, la dehesa salpicada de robles. A la derecha, las fértiles vegas del río y el canal, trazando una franja de verdor sobre el lomo terracampino, dorado y espeso por la excelente cosecha de cereal de este año.

Luego, en el pueblo, algo de animación. Cinco o seis mesas en la plaza, improvisada terraza del teleclub estacional. Suena a lo lejos el chiflito melodioso de una dulzaina, anunciando la atracción. Los chiguitos y chiguitas con la piel curtida por la intemperie de un verano al aire libre dejan sus bicicletas en la acera. Al poco, ya están todos congregados bajo el porche de la iglesia, hecho de madera sabiamente trabajada y lucida por un sencillo artesonado de mudéjar geometría.

Suena otra vez la dulzaina, acompañada de un rítmico tamboril. Llegan los titiriteros doblando la esquina, seguidos de otros niños con sus padres, todos en risueño y pausado desfile. El escenario, un tablero de madera pintada, rematado por tres niveles de almenas formando un castillo. La grada, el suelo de cemento del porche. El público sentado en el suelo, como ha sido desde tiempo inmemorial.

Comienzan los cómicos de la legua su actuación dando vida a un pañuelo. Chicos y grandes se dejan hechizar por la voz experta, a capela, y por las manos hábiles que distraen la vista mediante una caricia, para ejecutar una y otra vez el sencillo truco del salto del ratón. Luego es tiempo ya de despertar al títere. Los niños gritan y ríen repitiendo el nombre del Cristobita peluche a quien no han visto aún.

Comienza la función y el guión, tantas veces repetido, prueba una vez más su eterna eficacia en el primer acto. Humor blanco, teatro de cachiporra, de gritos y saltos, de sustos y equívocos. El segundo acto, algo más original, un exitazo también. Un albero improvisado de banderitas y capotes diminutos, para la lidia liviana de un “Barbero” afeitado de 780 gr. Al final, feliz final, Cristobita y la princesa se abrazan bailando el vals, jurándose eterno amor. Todos rompen en aplausos sinceros, en frescas risas hinchadas por la brisa del recuerdo de la infancia perdida y reencontrada.

Todavía dio de sí esa tarde de agosto para llegarse a la capital de la comarca y pasear por los puestos de una feria jacobea, atravesando el parque frondoso de la ribera del río que da nombre a la villa. De jugar un poco más, de cenar empanada y de emprender el viaje de vuelta a casa agotados, pero llenos de una limpia y extraordinaria satisfacción.